Velada literaria

Asuntos propios | Palabras sin papel

¡Sí! ¡Una nueva entrada en el blog! Nunca he escrito demasiado, pero hoy, al subir unas fotos a la web me he dado cuenta... ¡Pero si ni siquiera tenía creada la carpeta para el año 2007! Así que entre eso y que me he enterado de que hay gente que se pasa por aquí de vez en cuando (como uno de los participantes en la historia que os voy a contar ahora o el internauta más célebre de la escena musical leonesa que he tenido la oportunidad de conocer recientemente) pues me he puesto manos a la obra...

Una de las razones del parón del blog estos meses ha sido el tiempo consumido en la puesta a punto del piso al que por fin, hace unas semanas, he conseguido mudarme :-). Ya estoy viviendo en una Casa-De-Edu física, que hasta he tuneado un poco respecto a la Casa-De-Edu virtual :-D (y eso que la elección del nombre de la web inicialmente nada tenía que ver). Precisamente lo de inaugurarla fue la excusa para juntarnos un@s cuant@s amig@s cuantos amigos el martes de Semana Santa para hacer una velada literaria.

Bueno, yo la llamo velada literaria, pero también se le podría dar también otro nombre como cuentacuentos, filandón... No es más (ni menos) que una reunión de gente para compartir cuentos, fragmentos de libros, poesías, historias y en general todo tipo de todo tipo de textos al anochecer. La única condición indispensable para participar en ella: que tod@ asistente tiene que hacer su aportación: no vale apuntarse únicamente para escuchar.

En Madrid nos habíamos juntado unos cuantos locos que organizábamos alguna de vez en cuando, pero creo que desde mi regreso a León no había vuelto a hacer una como tal. Y eso que hablar de hacerlas se había hablado varias veces... Pero esta vez, ya llevaba un buen tiempo planeándolo junto a Marcos después de haberlo comentado con Irene por la capi y... ¡sí!... ¡lo logramos!. Nueve fuimos al final l@s participantes: Blanca, Cristina, Marcos (fotógrafo de la instantánea de arriba y por eso el único que no aparece en ella), Mariano, Irene, Ricardo (que ya escribió sobre esto en su blog), Tere, Teresa y yo. Sara pasó de vista relámpago, pero con eso de los compromisos semanasanteros nos dejó antes de siquiera empezar. Y hubiéramos invitado (que con ganas nos quedamos) a algun@ más, de no ser por que nos autoimpusimos un tope para no masificarlo demasiado.

Así que, tras unas ricas viandas cortesía de la casa ;-) de prolegómeno para comenzar la velada, me tocó comenzar (siendo anfitrión, le lías a uno :-)) alrededor de las once de la noche leyendo las páginas iniciales de un divertido libro de Eduardo Mendoza elegido para la ocasión. Después, la noche siguió discurriendo con fragmentos de texto sacados de libros que iban desde El pequeño Nicolás a La insoportable levedad del ser pasando por otros textos de Aldous Huxley, Borges o hasta un desternillante fragmento del libro Gatos sin fronteras de Antonio Burgos. Un buen rato lleno de descubrimientos y recuerdos. Entre los descubrimientos no sólo los textos leídos sino también alguno otro del que acabamos hablando... En mi caso el del libro Cánticos de la Tierra Lejana de Arthur C. Clarke que cualquier día de éstos voy a ponerme a buscar, después de los comentarios de Mariano sobre él.

A los que estuvisteis... ¡Mil agradecimientos por vuestra participación! ¡Estuvo genial!

Y al resto de lectores, para acabar la entrada, os dejo con el cuento que puso el punto final a la velada. Un cuento que, aunque ya conocía, me encantó volver a escuchar de nuevo en la boca de Irene (por cierto, muchas gracias de nuevo por tu presencia y la ayuda en los preparativos). La historia de una avestruz un tanto peculiar....

LA AVESTRUZ TROGLODITA

Troglodita era la única avestruz que quedaba en el desierto. En el desierto cercano al nuevo reino recién civilizado.
La avestruz, los domingos se iba al cine y se compraba cinco pesetas de imperdibles, que devoraba nerviosa mientras los malos tiroteaban a los buenos.
Entre semana, solo comía lo que encontraba: cremalleras, latas, corchetes, chinchetas y alguna que otra tachuela.
Troglodita se llevaba bien con la gente, pero echaba de menos a sus semejantes los avestruces.
De tanto comer lo que comía, la avestruz puso un huevo de aluminio. Y del huevo salió un tractor. Un tractor chiquito pero útil.

El tractor salió andando andando y llegó hasta una granja pobre y se ofreció para trabajar gratis.
Troglodita siguió los pasos de su extraño hijito y se quedó cerca de él mirando cómo arrancaba malas hierbas.
Unos tremendos ruidos le hicieron temblar de pico a pata. Los ruidos crecían. Troglodita llevaba una semana sin poder sacar la cabeza de entre la arena, ya no podía más.
- ¿Cómo es posible que una tormenta dure tanto tiempo? –se decía-. Miedo me da pero me asomo.
Se asomó y ... ¡qué tormenta ni mono vivo! Aquello era algo peor que tormenta y tormento. ¡Aquello era una guerra! ¡Una “cacería”!
Pero que cacería tan increíble. Los pacíficos negritos de un lado de la selva se habían liado a “cazar” a los pacíficos negritos del otro lado.
Todos iban vestidos por primera vez, hasta llevaban correaje.
Los niños, que nunca habían tenido un juguete entre sus manos, tenían ahora un fusil.
¡Disparos, explosiones, truenos, rayos y tambores!
La avestruz no entendía nada.
Temblando de miedo volvió a meter la cabeza bajo el ala.
Los disparos le peinaban todas las plumas, tiesas del susto.
El avestruz meditaba: “¡Es una vergüenza que yo esté así, pensando egoístamente sólo en mí y temblando como un cobarde conejo!”
Troglodita sacó la cabeza de debajo del ala y miró alrededor.
¡Qué horror! Con la noche se apagaron los ruidos y los fogonazos, todo era como la boca de lobo.
Troglodita no veía nada, tenía un hambre que no veía, andaba despacito, levantando mucho sus largas patas para no tropezar con cuerpos.
A los lados del río descansaban los guerreros.
- ¡Ésta es la mía! - se dijo la avestruz-. ¡Vaya festín que me voy a dar!
Y así fue.
Mientras dormían los soldados de ambos lados, Troglodita se tragó todos los fusiles de unos y otros.
Las armas estaban “en malas condiciones” y Troglodita casi se muere intoxicada.
Y GRACIAS A LA HEROICA AVESTRUZ REINÓ LA PAZ EN EL REINO.

Moraleja:
Lo que no hace un político sin luz,
Lo hace una avestruz.

          Érase una vez la paz (Gloria Fuertes, 1996)

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